Opinión, politica

Los 8 millones de Feijóo

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Os dejo enlace a mi entrada en Alcantarilla Social:

Ocho millones

 

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Opinión, literatura

El horror del alzheimer

alzheimer

Desbordada por un caos que se hacinaba a su alrededor. Iluminada por una sonrisa irracional, absurda. Conmovida por los gritos de los otros. Atemorizada por los que le dirigían la palabra, o ensimismada como un pequeño con el envoltorio de una piruleta, ella miraba a través de los cristales de la ventana. Sin ver. Observaba sin contemplar. Oía, sin escuchar. Sonreía sin motivos.

Y en esos momentos canallas en que la enfermedad otorgaba una tregua, se miraba al espejo, el pelo cepillado al uno, los ojos tristes, vacíos, hundidos en el interior de las cuencas, las ojeras que marcaban una expresión apagada de tristeza, los labios caídos, las arrugas de expresión marcando un rostro atormentado y doliente; en esos momentos, un torrente de lágrimas resbalaba por su rostro, despeñándose por las mejillas como un caudaloso río. Se pasaba la mano por la cara, tal vez para tratar de reconocer un rostro que no era, ni había sido nunca el suyo, tal vez para apartar las lágrimas que empapaban sus mejillas, tal vez para sentirse ella, aunque sólo fuese por unos instantes. Nunca lo sabremos.

Se fue. La suerte así lo quiso, porque dio fin a su tormento. Se fue sin decir una palabra, sin un llanto, sin un consuelo, sin una mano que tomara su mano, sin un ¡ay! Se fue para descanso de sus huesos, que era ya lo que sólo quedaba de ella, y de su alma, y para descanso de los que la visitaban asiduamente y se marchaban con el amargor de ver el deterioro que día a día iba padeciendo ese trastabillado organismo, la disminución paulatina de las fuerzas, la abstracción cada vez más frecuente, que  le hacían parecer un ser encantado, un objeto móvil que deambulaba sin sentido, que mascullaba palabras o frases inconexas. Ya no era ella. Sólo era una enfermedad  canalla encerrada en una habitación.

 Y nadie podía hacer nada

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La generación perdida

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Llevamos tiempo escuchando hablar de la generación perdida. Se ha dado en denominar de este modo a esos jóvenes que se han formado en España y han tenido que emigrar. Hemos invertido, como país, un gran capital económico y humano para formarlos, y, al final, no hemos sido capaces, como nación, de retenerlos y aprovechar ese conocimiento que han adquirido. Muchos han emigrado para realizar funciones que en nada tienen que ver con aquellos estudios que realizaron. Se trata, sencillamente,  de una cuestión de supervivencia. Otros estarán poniendo su talento a disposición de empresas u organizaciones de otros países.

La mayoría no volverá. La mayoría iniciará una nueva vida en el lugar al que emigró. La mayoría transmitirá su conocimiento, ese que tanto nos ha costado, a individuos de las sociedades en las que ahora habitan. Por tanto, no hemos perdido una generación, hemos perdido esa generación y las siguientes. Vamos a experimentar un retroceso irreparable, gracias a las políticas de austeridad que los gobiernos conservadores nos han impuesto.

Pero a los partidos conservadores eso no les preocupa, al contrario, les preocupa lo opuesto. Las personas formadas, sea cual fuere la materia en la que lo hagan, son individuos que se plantean preguntas, que buscan y solicitan información, que tienen un criterio, se convierten en personas críticas, opinan con fundamento. ¿No es eso un obstáculo para sus fines? ¿No es mejor un pelotón de personas incultas, a las que poder engañar con unas cuantas frases estudiadas?

Esa va a ser nuestra penitencia, que la generación perdida, va a dejar tras de sí un desierto  de conocimiento, un terreno abonado para la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía…

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¿Para qué sirve la abstención?

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Nos hemos sumergido de nuevo en la vorágine del sufragio. El derecho a votar, a elegir a los representantes del pueblo, no parece sino que lo vemos y vivimos de un modo un tanto displicente, con desgana. La abstención, parece que aumenta. El desapego con los políticos, no es ya una carencia de empatía, se está convirtiendo en una brecha, en un desfiladero insalvable. Es cierto que se han sucedido demasiadas consultas en poco tiempo. Es real que los individuos elegidos no han conseguido llegar a acuerdos que den fin a una situación de interinidad indeseada. Pero deberíamos detenernos un momento y reflexionar. El hecho tan pueril de introducir una papeleta en una urna, costó un ímprobo esfuerzo de lucha y reivindicaciones. En un principio sólo podían votar los hombres de una determinada clase o rango social, después les fue permitido a los no analfabetos y ni que decir tiene las barreras que hubo que derrumbar para que se les permitiese votar a las mujeres. Todo esto, que no deja de ser obvio, y parece hasta estúpido, lo que indica de facto es que el poder es capaz de urdir todas las estrategias imaginables con el fin de continuar siendo el ostentador del mismo. Y el poder es el que controla los medios de producción y la economía. Abstenerse, hoy por hoy, es otorgarle el poder, al poder, por muy redundante que pueda sonar. Abstenerse es la pataleta del niño al que no le dan el caramelo. Abstenerse es la opción del desacuerdo, lo sé, lo entiendo, incluso lo comparto en la pureza del concepto. Pero es inútil. En este sistema, los abstencionistas van a perder siempre. Y, no existe todavía otro sistema. Los sistemas se ganan o se imponen. Y de momento el que tenemos nos lo han impuesto, por mucho que quieran decorárnoslo, y negarlo. En el hipotético caso de que la abstención se acercase, llegase o superase mínimamente el cincuenta por ciento, ¿cree alguien que serviría de algo? Gobernarían los de siempre, aferrándose a “la legitimidad”, esa palabra.

La única fórmula para cambiar el sistema es hacerlo desde dentro, porque desde fuera sólo es posible mediante una revolución, y una revolución en un país de occidente es difícilmente creíble que se produzca. Por eso la abstención sólo favorece al poder establecido y a sus comparsas y palmeros. ¿Alguien ha escuchado alguna vez a los presidentes de las grandes corporaciones, o a los dirigentes bancarios quejarse de la poca participación en los comicios electorales? Ni siquiera los partidos que los representan lo hacen, se limitan a un “Se ha producido una baja participación”, o “La participación ha sido tantos puntos inferior o superior a la de las anteriores elecciones”. Punto. Nada más. No les interesa. Les favorece. La abstención suele ser la de personas con cierta conciencia o desengañados y escépticos. Pero la abstención, es, al final, más allá de la ideología, votos que se suman a los del poder establecido.

Si deseas que nada cambie, abstente, aunque creas que con tu actitud no estás participando en el juego, realmente eres el que más interviene en él.

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¿Quo vadis, Sánchez?

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Señor Sánchez, Sánchez Castejón. Me recuerda usted un chiste que contaba el gran humorista catalán, Eugenio.

El chiste decía así:

Saben aquel que diu que era un hombre octogenario que va al médico y le dice:

_ Doctor, mis amigos dicen que hacen el amor todos los días

_ ¿Qué edad tienen sus amigos? – pregunta el doctor

_ Más o menos como yo…

_ Bueno, no se preocupe, ¡dígalo usted también!

Eso es lo que pienso cuando dice usted que representa a la izquierda, que lo dice usted también, como tantos otros socialistas del resto del planeta. Pero la realidad es otra, señor Sánchez. La realidad es que ha perdido usted una gran oportunidad de intentar liderar un cambio político, social, económico y cultural en este país, y puede que con repercusiones en el resto del continente europeo. Y la oportunidad, señor Sánchez la dejó usted escapar tras las elecciones del 20 de diciembre, cuando pactó con un partido de derechas una batería de medidas que, muy probablemente, la formación política con quien las pactó, no tenía ninguna intención de llevar a cabo. Y los hechos lo han demostrado, si tiene usted en cuenta que, en la corta legislatura que va desde las elecciones del 20D a la disolución de las cámaras, los diputados de Ciudadanos han votado siempre, o casi siempre, de la mano del Partido Popular. Prefirió usted a la derecha que a la verdadera izquierda. ¿Por qué? ¿Temor al fracaso? Es posible que usted, o los “Barones”, que dirigen en la sombra el partido, temiesen un fracaso al tratar de salirse de la senda que ha marcado el partido liberal alemán. Pero es usted el Secretario General de un partido, y ya es hora de que meta en los sarcófagos a las momias que pululan por los pasillos de Ferraz, y tome sus propias decisiones. Ahora puede que sea demasiado tarde.

Si hubiese pactado con la verdadera izquierda, es  posible que otros países como Portugal, Grecia, Italia, e incluso Francia, que ya ha demostrado su descontento ante las medidas de austeridad que ha implantado el gobierno socialista galo, con la rotundidad que acostumbran, se hubiesen unido contra estos vientos liberales que soplan sin descanso desde el territorio Teutón, el que siempre ha mantenido en jaque a Europa y el mundo.

En la peor de las hipótesis, vamos a imaginar que esa alianza con los Podemos e Izquierda Unida hubiese sido un fracaso. En ese caso habría usted pasado a la Historia como alguien que quiso romper las reglas de un juego en el que ya se esconden demasiados ases en la manga.

Lo que quiero decirle, señor Sánchez, es que, de una manera u otra ya se ha convertido usted en un fracaso, porque unos nuevos comicios van a arrastrar al partido que representa al pozo más profundo de su historia, y concesiones a la derecha ya no pueden permitirse.

Ese empecinamiento en no pactar con los partidos independentistas, cuando la salud económica y social de un país depende de que no repitan en el gobierno los salteadores de caminos que lo gestionan, es algo que no tiene justificación, máxime cuando el asunto de la independencia no es, en absoluto, un hecho irrefutable, ni, en mi opinión, ahora mismo, un peligro para nadie.

Ahora va usted, como pollo sin cabeza, haciendo llamadas, tratando de encontrar la cuadratura del círculo, que no le lleve a presentarse a unas nuevas elecciones, donde ni siquiera sabe si repetirá como candidato, y donde el descalabro podría ser de proporciones gigantescas, y donde los números ya no resultan tan fáciles como lo fueron tras las votaciones del 20 de Diciembre.

¿Quo vadis, Sánchez?

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Recuerdos del futuro (relato)

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No había deseado que lo acompañasen al aeropuerto. Odiaba las despedidas, y en especial aquélla, un frío martes de febrero en el que las hojas mustias de los árboles huían por los callejones o se apilaban en las esquinas, formando montones ocres, dorados y pardos, como caprichosas, abstractas o grotescas esculturas.

Había estado desarrollando, hasta enero, un trabajo de investigación sobre el trastorno de bipolaridad, en la Universidad, pero el gobierno conservador que dirigía los destinos del país, había recortado los presupuestos de investigación hasta la asfixia, de modo que le rescindieron el contrato.

Después de algún tiempo fallido, tratando de encontrar alguna empresa o institución privada que requiriese de sus servicios, optó por dirigir sus esfuerzos a buscar una oportunidad fuera de nuestras fronteras. Quiso la fortuna que le ofreciesen un puesto, excelentemente remunerado y profesionalmente atractivo en el King’s College de Londres. Ahora se encontraba con el alma dividida, debatiéndose entre la nostalgia de abandonar una vida plena de sentimientos, de lazos afectivos, de recuerdos, y la ilusión de continuar con el sueño de la investigación, algo que había estado alimentando desde, prácticamente, la adolescencia.

Fue duro adaptarse a la nueva vida londinense: las nieblas, las aceras mojadas por la lluvia, la escasa luminosidad, los grises cielos nublados, los apagados colores de los árboles, el rayo de sol como la concesión de un regalo divino… pero los años fueron sucediéndose, y, como aldabonazos secos sobre una puerta, terminaron por sumar, uno a uno, una nada despreciable cantidad de tiempo. Conoció a una muchacha que terminaría por ser su pareja. Después la vida les regaló un primer hijo, y más tarde un segundo. Finalmente adoptó la nacionalidad británica, que la garantizaba mayores derechos y mejores condiciones de vida.

A la vuelta de un par de décadas había logrado dirigir su propio equipo de investigación, publicado diversos y valorados artículos, encontrado varios factores desencadenantes de la enfermedad, así como el reconocimiento de la comunidad científica internacional.

El gobierno conservador de su país natal, como cualquier gobierno conservador nacionalista, populista y patriótico, el mismo que lo había arrojado al ostracismo, a la búsqueda de un futuro, extramuros de la patria, ahora se arrogaba el derecho de presumir del talento de su ciudadano oriundo, haciendo de sus éxitos los suyos propios, y exponiéndolos como ejemplo de sus eficaces y valiosas políticas educativas.

No hubo conocido él esas maniobras, y no por resentimiento, sino por justicia, queriendo constatar que su labor, su éxito y sus logros, habían sido fruto del país que le había acogido, primero en calidad de inmigrante, y posteriormente en calidad de ciudadano de dicho país, y no de su tierra de origen que le había alojado en la tesitura de su partida, arremetió furibundamente contra la tierra que le viera nacer, declarando que su alma y su sentimiento ya no pertenecían a este pueblo, sino a  aquel que confió en él y le otorgó la oportunidad de desarrollarse como profesional y como ser humano. Y esto le valió un rechazo absoluto, ácidas críticas, acalorados insultos y sórdidos vilipendios por parte de las instituciones de su país natal. Pero las instituciones conservadoras, reaccionarias, tradicionalistas e inmovilistas de ese país, no habían alcanzado a comprender que, a él, eso ya no le importaba.

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¿Terceras elecciones?

elecciones

Hace tiempo que lo vengo sospechando. Desde que los últimos comicios les otorgaran un balón de oxígeno, ante el temor de un repunte de la izquierda por la confluencia de Podemos e Izquierda Unida, el Partido Popular ha adoptado la estrategia del calamar: arrojar la tinta para ocultarse, para ocultar sus verdaderas intenciones.

Ahora estoy seguro, absolutamente seguro, de que los mayormente interesados en unas nuevas elecciones no son sino Rajoy y sus adláteres. La táctica es clara: enredar a Ciudadanos, de forma que aparezcan como una formación política sin un horizonte claro, sin una ideología concreta – hoy me decanto por esto, mañana por lo contrario – y culpar al PSOE de la imposibilidad de formar un gobierno debido a su intransigencia. Entretanto, aparecen en público, rasgándose las vestiduras, por la catastrófica situación de permanecer bajo la gobernabilidad en funciones, anunciando cataclismos y sanciones, de la Unión Europea, si no se forma gobierno a tiempo de aprobar los nuevos presupuestos. Mienten. Es algo que saben llevar a cabo a la perfección. Lo han venido haciendo durante toda la legislatura, sin descomponer mínimamente un rasgo de sus acartonados rostros. La derecha europea dirige también Europa, y esperará. Barajan la idea, no me cabe duda alguna, de poder echar las redes en los caladeros de Ciudadanos, conscientes ya de que las diferencias entre ellos y el PP se están diluyendo del mismo modo que un azucarillo en el agua; y de que los votantes socialistas, hastiados de la situación, confundidos por lo que pregonan sus dirigentes y las opiniones de los carcamales a los que aún les dan pábulo en el partido, y en los grandes medios de comunicación, se abstendrían en unas nuevas elecciones.

¿Alguien cree que realmente les importa este país? Si les importase no lo habrían saqueado con su organización corrupta. Su objetivo es el poder, y esperarán lo que sea necesario para conseguirlo, porque son conscientes de que si lo pierden, sí que puede suponer su descomposición.

No obstante, se han convocado elecciones para el 25 de septiembre tanto en Euskadi, como en Galicia, y no sería de extrañar que estirasen los plazos para comprobar qué sucede y si sus conjeturas se cumplen.

Vamos a unas terceras elecciones, porque una abstención del PSOE sería su harakiri político. Y si no somos capaces de echarlos en esta tercera vuelta, nos habremos condenado a cuatro años más de retrocesos en todos los ámbitos (económico, social, judicial, cultural y político)

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