Opinión, politica

¡Marchando otra de encuestas!

¡Las encuestas, siempre las encuestas! Ahora toca Andalucía, ese pedazo de España feudo del PSOE, no del socialismo, no lo olvidemos. ¿Son realmente creíbles los datos que muestran las consultas demoscópicas, o son un instrumento más de campaña? Es esta una pregunta que me he formulado infinidad de veces, porque es excesivamente sorprendente que cuando un partido político se hace con el poder, de inmediato sus resultados sufren una mejoría que se corresponde con una función exponencial, aunque estuviesen en la UCI antes de alcanzarlo.

Susana Díaz gana en Andalucía, según los mencionados sondeos, aunque no despega. ¿El voto rogado es tan alto y tan determinante en esta región de España? Y, ¿a dónde ha ido el resto del voto del PSOE, el de las mayorías aplastantes? ¿A Ciudadanos? No me salen las cuentas. No me convence que la izquierda desencantada del PSOE se deslice hacia Ciudadanos. Me resultaría mucho más razonable pensar que los desencantados del PSOE se queden en casa, porque Unidos Podemos no termine de ilusionarlos, porque las campañas contra Unidos Podemos han sido violentas y feroces, y porque Pedro Sánchez ha hecho sólo un par de gestos para encantar a los más timoratos.

La realidad es que nada ha cambiado sustancialmente, que los casos de corrupción del PSOE continúan atascados, y que salen a la luz noticias de los entramados corruptos de las viejas glorias del partido.

Se necesita tener muy poca vergüenza para acusar a Podemos de populismo y de financiaciones ilegales cuando el PP y el PSOE están de mierda hasta las orejas, mientras Ciudadanos basa su campaña en el miedo al separatismo catalán, y vota contra todas las iniciativas en favor de la gente – el aumento del salario mínimo interprofesional a 900 euros, por poner un ejemplo reciente, y sangrante.

¿Dónde están los votos?, me pregunto. ¿De verdad es creíble ese reparto de 37%, 19%, 19% y 19%, correspondientes a PSOE y los demás en el orden que ustedes quieran?

Sabemos que los mítines, a estas alturas de nuestra cosa, perdón, nuestra democracia, tampoco son ya demasiado significativos, pero alguna luz más arrojarán sobre esta incertidumbre. De modo que veremos que sucede en la campaña.

Lo que no me asombraría en absoluto es volver a ver sobre los escenarios a las momias de siempre: González, Guerra y alguno más. Ellos hace mucho que perdieron la vergüenza. ¿O es que nunca la tuvieron?

Ya sabes, si quieres que nada cambie, vuelve a votar PSOE.

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¿Para qué vale la carta de Podemos a Juan Carlos de Borbón?

La carta que el grupo parlamentario de Podemos le ha enviado al rey emérito, Juan Carlos de Borbón y Borbón, me parece una gran iniciativa. Somos conscientes – al menos lo soy yo – de que la mencionada misiva, es más una carta a los Reyes Magos que una esperanza de que, el otrora depositante de la Jefatura del Estado, acceda a la petición que se le demanda.

Si la Constitución Española del 78 dispuso el Título II, con un articulado elaborado con el fin de proteger al inquilino del Palacio de la Zarzuela, no lo hizo de forma caprichosa, sino con el objetivo claro de que lo pudiese utilizar frente a una izquierda deseosa de romper con el régimen anterior y pasar, tarde o temprano, la factura a la derecha imperialista que había sometido a un pueblo, derrotado por las armas, y no por la voluntad de sus gentes, y, aún menos, por la razón.

Se ha visto que el PSOE, siempre tibio – ya lo fue durante nuestra fratricida contienda y en la cacareada transición – se ha opuesto firmemente a solicitar la comparecencia del monarca. El PSOE debe tener muchas vergüenzas que tapar, y a medida que el tiempo transcurre, se van descubriendo más de ellas.

La carta del grupo de la izquierda del Congreso – esa y no otra es la que la representa – no tiene ningún futuro, que nadie se llame a engaño – convencido estoy de que nadie va a hacerlo – pero representa, al menos, la voluntad de defender lo que los ciudadanos representados por ellos desean de sus representantes. Esa es la única satisfacción que nos queda, que aquellos que decidieron ser nuestra voz, se han convertido realmente en nuestra voz.

No se sacará adelante la propuesta, como no se han sacado muchas, como no se llevarán adelante otras, pero las propuestas se plantean, se ponen encima de la mesa, se muestran a la luz sin ambages, sin misterio y sin secretismos.

Todo esto irritará mucho más a los que se envuelven en la bandera, a los patriotas de pulserita y cuentas corrientes en offshores, a los defensores de esa España que les permite enriquecerse a costa de los cretinos que los sostienen sin recibir nada a cambio, esos anclados en la tradición, en una España inquietante de inmovilismo, arcaica y decadente.

Por ello, pronto volverán a las pantallas de televisión y a las emisoras de radio, tuteladas por las oligarquías económicas y financieras, Irán y Venezuela, como grandilocuentes argumentos para defender un sistema que se desmorona.

La Iglesia, que no es la Iglesia de Cristo, sino la Iglesia del poder, saldrá a defender al poderoso, en lugar de al débil y al desprotegido, como prueba ostensible de que se pasan por la entrepierna su propia doctrina, apeteciéndoles más pasarse por la entrepierna los atributos sexuales de inocentes infantes, que con unos “padres nuestros” a tiempo está solucionado.

La izquierda parlamentaria está haciendo el trabajo para el que fue elegida. Los que la elegimos no debemos cejar en apoyarlo.

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Las cosas no son tan sencillas como parecen

Los problemas complejos no tienen soluciones fáciles. Aquellos que las proponen suelen pertenecer, casi sin excepción, a la derecha más reaccionaria. ¿No han escuchado nunca a nadie pronunciar frases como “yo eso lo arreglaba en dos patadas” o “eso se resuelve de un plumazo”? Yo a esas conclusiones respondo siempre lo mismo: “si fuese tan sencillo, ya estaría resuelto”.

Existen, sin embargo, cuestiones en las que, más que en el problema, la dificultad estriba en la voluntad de resolverlo. Eso es lo que sucede con nuestro sistema judicial. Desde que se aprobó la tan mareada Constitución nadie ha tenido el coraje o, meramente, la intención, de querer afrontar una reforma del sistema judicial. Ahora nos encontramos con una institución obsoleta, reaccionaria: un problema enquistado, de no tan fácil solución. ¿Por qué?

A juicio del que esto escribe, el sistema judicial está gobernado por magistrados de corte conservadora y, en algunos casos, ultra. Y, lo que considero aun peor, mayoritariamente, el colectivo de jueces y fiscales responde a esa misma ideología, puesto que el acceso a la carrera judicial pasa por la criba de sus mayores.

¿Cómo resolvemos, entonces el problema? ¿Cómo conseguimos la independencia del Poder Judicial? ¿Se lo han preguntado, o se lo están preguntando ahora, después de esta reflexión? ¿Se puede permitir que los miembros del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo los elijan entre ellos? ¿No sería incluso peor?¿Y si lo hacemos los ciudadanos, con qué criterio lo hacemos?¿Elegimos de entre los que conforman dicho colectivo?

Hace tiempo que debería haberse emprendido una reforma en el modelo de ingreso a la carrera judicial, algo por lo que  los partidos de izquierda vienen luchando desde hace tiempo, y que no ha tenido apenas repercusión en la opinión pública, distraída en otros menesteres en los que tenían mayor interés, despreciando un asunto que tiene mayor importancia de lo que, probablemente, la ciudadanía podía siquiera imaginar. Ahora nos hemos despertado, y nos hemos dado cuenta de la bomba que sosteníamos en nuestras propias manos. Ahora queremos solucionar un problema enquistado a golpe de decreto, que es como querer curar un cáncer con pastillas para la tos.

Por si fuera poco, se critica a los partidos de izquierda, que han manifestado reiteradamente su oposición a este sistema, que vayan a participar en el mismo, incluyendo en el Consejo del Poder Judicial a jueces progresistas, acusándoles de oportunistas, de fariseos, en definitiva, de pasar por el aro. Discrepo. O se hace una revolución, o el único modo de cambiar las cosas es hacerlo desde dentro. Lo comentaba al principio, no es un problema fácil. Es necesario que la carrera judicial responda al crisol del resto de la sociedad, y, cuando ello se consiga, será posible la independencia total del Poder Judicial. Y eso no se va a resolver en dos días.

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De banderas…

La bandera no es un trapo de colores. Debería serlo. Debería asociarse a un país para identificarlo, bien en las competiciones deportivas, en el mástil de un barco o en una frontera.

Ocurre que, lamentablemente, algunas banderas – esos trapos de colores – encierran en sí mismas algo más que un distintivo, porque se han servido algunos, en nombre de ella, para someter a otros, o para que ciertos sectores de la población se hallan sentido sometidos por los portadores de dicha bandera. Cuando al trapo de colores se le… para continuar leyendo pinchar aquí

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El incendiario

Repulsivamente lamentable la acción política de Albert Rivera. Ese españolito de banderita de pulsera, que va con la rojigüalda por doquier como seña de patriotismo y de una incierta identidad.

El señorito Rivera se pasea por las Españas dando mítines catastrofistas, y eligiendo los lugares para provocar la reacción de la gente, si puede ser violenta mejor. ¿No ha sido esa una máxima del fascismo, provocar al otro para disponer de una justificación necesaria para que la fuerza policial, o militar, intervenga?

De la mano de VOX van estos individuos, y se atreven a mencionar la palabra democracia, y no se les caen de la boca las palabras “Constitución” y “Transición”. ¿Transición a qué? ¿Constitución de quiénes y para quiénes?

Ser patriota no es llevar en la muñeca una pulsera, ni hablar con una bandera de la España borbónica detrás. Ser patriota no es ir a defender a la Guardia Civil a Alsasua, ¿por qué no se fue a Granada, donde también fue asesinado un agente de ese cuerpo? ¿Dijo algo del Guardia Civil miembro de la manada? Ser patriota es defender a la víctima de ese acto repugnante. ¿Me puede aportar alguien una frase de ese señor en favor de esa compatriota?

Ser patriota es defender a los que sufren los despropósitos del rescate a la banca. Es apoyar a los desahuciados, es defender los derechos existentes, no tratar de recortarlos o apoyar que se recorten. Ser patriota no es arrojar gasolina a un conflicto enquistado, ser patriota es tratar de rebajar la tensión, tratar de entender a ambas partes y propiciar una reconciliación.

Ser patriota, por si el señorito Rivera lo desconoce, es estar del lado de los españoles, de los que hollan sus calles y sus campos, de los que explotan su tierra, sus ríos y sus mares. Ser patriota no es defender los intereses de una oligarquía, un puñado de individuos cuyo principio máximo, y probablemente único, es enriquecerse a costa del malvivir de una mayoría.

Albert Rivera se ha arrogado el derecho de otorgar el carné de español a quién a él le da la real gana. Se ha erigido en ese ser supremo que se permite llamar golpistas a un grupo de individuos que instalaron unas urnas en unos colegios – por muy ilegal que pudiera ser – mientras se abstiene ante la votación, que permite exhumar los restos de un dictador fascista, que propinó el golpe de estado más importante y detestable de la Historia de Europa, apoyado por el régimen fascista y genocida de la Alemania hitleriana.

Los españoles esparcidos por las cunetas, víctimas de la represalia fascista de Franco, no deben ser muy españoles para el señorito de la corbata, porque no se le ha visto que tenga intención de llevar a cabo ningún acto, en favor de las familias que perdieron a sus seres queridos en esa vergonzosa y despiadada masacre. Los familiares tampoco deben tener la condición de españoles del señorito Rivera.

Para este individuo sólo merecen el título de español los que aplauden su decimonónico discurso, los demás debemos ser de Marte. Todavía no se ha enterado que no hay nadie menos español que él.

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¿Podemos creernos las encuestas?

En los últimos días se han publicado encuestas de intención de voto, por parte del CIS y de algunos medios de comunicación. Siempre he sido de la opinión de  que, las encuestas publicadas por los instrumentos de información de nuestro país son, esencialmente, tendenciosas, probablemente ajustadas a la fuente ideológica que sostiene al medio – esencialmente los que defienden el sistema actual –  y tienen como objetivo influir en la decisión de una población que se me antoja altamente vulnerable y con un criterio político, social y económico que va más allá de lo deficiente.

Si las encuestas fuesen ciertas nos encontraríamos con un panorama bastante desolador: Un PP, que ha representado la mayor de las estafas de este país, una lacra para la ciudadanía, que ha visto cómo, en lugar de ser protegida por el Estado, ha sido expoliada por él, desde la mayoría de sus instancias, empezando por la Corona, y concluyendo por dirigentes de dicho partido y por sus amiguetes, entre los que se puede incluir a la Banca, rescatada con el dinero de nuestro trabajo – no hablemos de impuestos, hablemos de lo más mundano, hablemos de los que se levantan a las seis, a las siete, de la mañana y dedican más de 8 horas de su tiempo, sin contar los desplazamientos, a los que hacen guardias en fines de semana y por las noches, a los que levantan el país cada día, a los pensionistas que se dejaron la piel para hacer de España, ese nombre propio con los que se les llena la boca a tantos que nos han robado, y que han visto cómo suspensiones se desvanecían, a los parados, sufriendo la lenta agonía diaria de la espera en busca de una solución a su desventura, a los que han caído en el riesgo de pobreza – que sufre un ligero menoscabo, cuando debería desaparecer del arco político. Un partido como Ciudadanos que representa lo más rancio de la derecha, sin valores, sin criterio, con un único caballo de batalla – la unidad de España – que ha calado en una población estulta, inconsciente y aborregada. ¿Con esta situación, es tan complicado de entender que una parte de la población quiera desentenderse de esta España rancia (La España de charanga y pandereta / cerrada y sacristía que reflejó Machado en El mañana efímero)? El PSOE continúa en sus mundos de colores, sin aterrizar sobre una tierra que, es cierto que arde, pero que necesita que alguien con agallas se sacrifique y holle sus pies entre las ascuas y las cenizas que han dejado sus predecesores, que rompa, de una vez por todas, con ese conformismo de 40 años y sacrifique a sus viejas glorias y su defensa de idea de estado que gestaron un día como obra perfecta. Eso pasó. Estamos en otro tiempo y en una España distinta. Es necesario que quemen las naves, que empiecen de cero y regresen al socialismo, que tanto tiempo ha, abandonaron olvidado en el cajón de una mesa.

Si las encuestas son ciertas, estamos abocados a un nuevo resurgir del fascismo, y regresaran los Hitler, Videla, Pinochet, Franco… con un nuevo apellido.

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Un sistema que se desmorona

Ya no se puede caer más bajo: el Poder Judicial al servicio de la oligarquía financiera. Hasta la fecha se trataba de una especie de presentimiento, de una conjetura, de una sensación que muchos albergábamos y denunciábamos en artículos, o comentábamos en nuestros círculos de amigos. Pero, ahora, después del comportamiento del Tribunal Supremo, se trata de una evidencia. Han sido suficientes algunas horas para que el Tribunal Supremo frene en seco su propia sentencia. Ha bastado que la banca ponga el grito en el cielo para que todo se paralice. ¿Alguien piensa que… para continuar leyendo, pinchar aquí

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