Opinión

Felipe VI, rey de los turistas

El pasado jueves asistimos a un acto circense, por desgracia, no sin precedentes. Un individuo proclamado rey, emulando la antigua Edad Media y paseándose por las calles entre sus vasallos. Unas calles que alguien debió presumir repletas, pero que, descontando policías de uniforme, policías de paisano, periodistas y curiosos, se encontraban prácticamente vacías. Las televisiones no conseguían entrevistar sino a turistas que veían el evento como un espectáculo para el que no habían tenido que pagar entrada, y eso que el montaje seguro que fue caro, aunque nadie se digne a darnos cifras – esta debe ser la transparencia a la que el nuevo monarca se refería en su discurso. Lo malo de todo esto es que nos estamos acostumbrando: nos acostumbramos a que nos roben, a que los ladrones se blinden ante la justicia, a que sólo nos digan las cifras que les interesan: la cantidad de gente que salió a la calle cuando vino el Papa, la cantidad de manifestantes de las víctimas del terrorismo, que en las marchas de la dignidad eran un grupo de amiguetes antisistema que lo que buscaban era destrozarlo todo, que en las protestas por la educación pública o por la sanidad eran unos cientos, y así todo.

Pero a mi me parece que se están equivocando. No creo que sean tan idiotas como para no darse cuenta de la desafección que existe, no sólo a la Institución, sino a las personas que la integran. Es conocido por muchos el comportamiento que han tenido con la ciudadanía: agresiones a fotógrafos, arrebatamiento del teléfono móvil a un ciudadano, y cosas así… y ahora vienen a hacerse los simpáticos. Más bien pienso que nos siguen considerando idiotas, que viven instalados en la idea del “ya se nos ocurrirá algo” para acercar el pueblo a los reyes – no los reyes al pueblo, que nadie se confunda. El divorcio es cada vez más patente. Aquel tan usado razonamiento ¿qué más da un presidente de la república que un rey, si en el fondo son lo mismo? parece que se va diluyendo cada vez más, entre otras cosas porque cuando un presidente de la república o alguien cercano a él se enriquece ilícitamente con su consentimiento o su inacción, se le puede echar, y a este rey, y al anterior, no. Ahora se quiere aforar por vía de urgencia al que se va, que en el fondo se queda. Nadie se pregunta por qué, a qué vienen esas prisas. Yo sí y espero que muchos ciudadanos lo hagan también, y que además se indignen… ¿No hay cosas más importantes que legislar que esa?

Sinceramente, creo que, afortunadamente, el globo se desinfla.

Víctor Chamizo

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