Opinión

La dimisión de Gallardón y la dignidad

He escuchado y he leído muchas cosas después de la dimisión de Alberto Ruiz Gallardón y, por mucha que sea mi capacidad de asombro, no termino de sorprenderme. He escuchado que la presión de las calles ha terminado por provocar la dimisión del ministro. Esto yo creo que es una verdad a medias. Es cierto que han discrepado juristas, médicos, políticos… que mujeres, y hombres también, han protestado en las calles y en los foros sociales contra esta ley. También será posiblemente cierto que, incluso en las entrañas del partido popular, haya habido disensiones, en especial en lo que al supuesto de interrupción del embarazo por malformaciones físicas se refiere. Pero, si en mayo del próximo año no hubiese prevista una consulta electoral, la ley planeada por Gallardón nos la comemos con patatas igual que nos hemos comido otras que han sido masivamente protestadas. Y después el ínclito Gallardón, al cabo de algunos años se habría postulado para candidato a la presidencia del Gobierno, pavoneándose como un pavo real (y no lo descarten todavía).

También he oído otra serie de cosas que ya me parecen chuscas: Que ese era un encargo que el pobrecito Alberto tenía de parte del Presidente del Gobierno y, claro, tenía que llevarlo a cabo. Seamos serios. Esa ley estaba en el programa del PP, y el señor Gallardón se presentó defendiendo ese programa, ¿o es que no se lo había leído? Quizá para rebatir este argumento, hay quien se adelanta diciendo que eso le habría correspondido defenderlo a Ana Mato, pero que se lo colocaron a él, para hacerle la cama… Yo digo que, si después de llevar los años que lleva este individuo en política, dejas que te hagan la cama de esta manera, uno, no has aprendido nada; dos eres tonto y tres, no tienes dignidad. No tienes dignidad porque si te obligan a defender algo en lo que supuestamente no crees y que debería defender otro, lo que tienes que hacer es dimitir en ese momento, como hizo Pimentel con la Ley de Inmigración; no dimites cuando te obligan por las circunstancias. Es indigno defender algo en lo que no crees por mantenerte en el poder a ultranza, porque, si eres capaz de vender tus principios, que es algo intrínseco a tu propio ser,  puedes vender a cualquiera: a tus padres, a tus hijos, a tus hermanos…  Lo peor de todo esto es que este señor sí creía en esa ley y que las circunstancias le han pasado por encima, y a nosotros nos han dado un balón de oxígeno hasta que desalojen el poder.

Víctor Chamizo

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