Opinión

La isla mínima

Estuve viendo la película “La isla mínima” de Alberto Rodríguez. Más allá del thriller, de la magnífica representación, de la cuidadosa puesta en escena, de la propia historia, estaba el recuerdo, como un espeso manto que lo envolvía todo a mi alrededor. Un sabor amargo. La certificación de un fracaso. A la generación de ahora le costará entenderlo, pero a mis coetáneos no tanto. Aquellos fueron unos años convulsos, previos al intento del golpe de estado del 23-F. Una democracia incipiente: eso creíamos algunos, antes de darnos cuenta de que no era sino una trampa. Se estableció una Constitución que parecía garantizarlo todo y que se ha demostrado que garantizaba que los que ostentaban el poder lo continuasen ostentando. No todos estábamos de acuerdo, no todos la votamos, algunos porque no pudimos, otros porque no quisieron y muchos no la hubiésemos votado aunque hubiésemos podido. Después llegamos a pensar que aquello era el mal menor, especialmente el día que estuvimos a punto de ver cómo los militares podían volver a alzarse con el poder. Fracasamos, no obstante: permitimos que se construyera este sistema injusto, levantado sobre los cimientos del liberalismo de los mercados, de la democracia descafeinada, limitada a votar cada cuatro años a unos individuos terminan robándonos, ilegal y legalmente.

Nosotros no supimos hacerlo, quisimos derribar un régimen totalitario que nos amordazaba y nos tiranizaba y nos daba palizas en los sótanos de la Dirección General de Seguridad – DGS – y nos llegamos a creer que lo habíamos conseguido: fue una mentira que nos creímos todos y cada uno de nosotros, era como si todos nos hubiésemos tomado una especie de brebaje con el que alucinábamos en una armoniosa sincronía. Nos hemos ido despertando poco a poco. Algunos, probablemente, de golpe. Ahora necesitamos alguien que tome el testigo y haga lo que nosotros dejamos pendiente. Es hora de que la juventud, que ya se está despertando, diga que no, que NO, con mayúsculas, que no compran la moto que nos quisieron vender y nos vendieron a nosotros, que cierren los oídos a esa verborrea constante de nuestros mandatarios que pregonan su impunidad y su complacencia como una verdad absoluta. ¡Adelante, los desengañados os seguimos!

Víctor Chamizo

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