Opinión, politica

No existen excusas frente a la violencia machista

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Publicado en Nueva Revolución:

Cada vez que se produce una muerte, o una brutal agresión de violencia machista me siento profunda y doblemente dolido. Es un sentimiento que se transforma en rabia, porque, aunque tenga la consciencia clara de que se trata de personas, que individual y premeditadamente, son los autores y han decidido por ellos mismos, cometer tan execrables actos, no puedo evitar asociarlos a individuos que pertenecen a mi propio sexo y que, de alguna manera, están mancillando a todos aquellos que compartimos esa cualidad que la Naturaleza nos ha otorgado, aunque ni compartamos sus principios, ni nos parezcamos en nada a ellos.

El machismo está inmerso en nuestra sociedad tan enraizadamente, tan sutil, a veces, tan profundamente, que en múltiples ocasiones no nos damos cuenta. Es una especie de cáncer que ha crecido desde las edades remotas de la Humanidad hasta nuestros días. Hay que erradicarlo. No es una necesidad, es una obligación. No sólo se lo debemos a la mujer. Nos lo debemos a nosotros mismos. Nosotros, los hombres, deberíamos ser los mayores defensores del feminismo, de los valores de la mujer y de la igualdad. Somos una pieza fundamental en el saneamiento de nuestra sociedad en este aspecto, afeando y apartando a aquellos  cuyas manifestaciones y actos son discriminatorios o vejatorios para la mujer. Tenemos que apartarnos de las generalizaciones porque son nefastas en cualquier aspecto de la vida, y en éste muy dolorosas, por lo que tienen de sensibles. Y, en mayor medida, hay que evitar la guerra de sexos que, a menudo, tratan de establecerse. Eso no ayuda a conseguir un camino a la igualdad, por mucho que se trate de acompañarlo de matices humorísticos.

Los testimonios de los acusados por las violaciones que se produjeron este verano en Pamplona, resultan vergonzosos y, en mi caso, hirientes. Por aquel entonces, inflamado por la repulsa, y en el delirio de la rabia y la vergüenza publiqué “¿Qué salvajada es ésta?”, un delirio que aún perdura, y, del que, por supuesto, ni me arrepiento, ni quito, ni pongo una coma. Todo resulta vomitivo desde el principio hasta el final. Una demostración de cobardía, de debilidad y de salvajismo perverso. Todos los hombres, en el sentido masculino de la palabra, deberíamos aborrecer estos hechos y no considerar a estos individuos como hombres, en cualquiera de sus acepciones: como portador del sexo masculino, o zoológicamente.

Algo debe cambiar en la educación. Y cuando digo educación, no me estoy refiriendo a la escuela, sino a la de los hogares y las familias. La escuela está para adoctrinar académicamente, los padres no pueden delegar en ella la transmisión de los valores y los principios de una sociedad adulta, civilizada y moderna. El machismo es un embrión que nace en el seno del ámbito familiar y puede propagarse después en cualquier parte. Los padres están para evitar eso. Pero los padres deben tener un comportamiento acorde a esos valores que se quieren transmitir. Un hogar con comportamientos machistas transmitirá con una elevada probabilidad valores machistas.

Los hombres que no vivimos en esos principios de superioridad del varón sobre la mujer, estamos obligados a señalar y abortar todo signo de machismo en nuestros congéneres, para que sientan el rechazo de la sociedad a esos comportamientos, esas actitudes y esos ideales, propios de sociedades atrasadas, muy lejanas de la concepción de la humanidad como un conjunto personas con idénticos de valores, que comparten las mismas facultades y con las mismas posibilidades en todos los ámbitos, aunque fisiológicamente sean diferentes.

Tenemos que empezar por hacer autocrítica. Es muy fácil echarle la culpa a las instituciones, que tienen la suya, sin duda, y al modelo educativo, que también, Pero, ¿nosotros? Tenemos que ser capaces de ver nuestra propia mierda, y no ponerlo todo en lo demás. ¿Cuántas veces hemos escuchado un comentario generalista mofándose o despreciando a las mujeres? ¿Y qué hemos hecho? ¿Hemos, incluso, sonreído? ¿Nos hemos callado? El silencio también es cómplice. Hay que contestar, rebatir, o dar la espalda y dejar solos a estos individuos. Que sientan el rechazo. Seamos sinceros con nosotros mismos, y no nos cobijemos tras el escudo de los lugares comunes y los estereotipos, aquí cada cual tiene su parte. Tenemos que recoger nuestro testigo y asumir lo que nos toca. No hay excusas frente a la violencia machista, sea del tipo que sea.

NO ES NO SIEMPRE CON CUALQUIERA Y EN CUALQUIER LUGAR.

Una historia real, que tuve la oportunidad de conocer, me condujo a escribir un microrelato, en el que, aunque no describe con exactitud la historia, sino que existen partes fabuladas, aunque no por ello menos dignas de ser ciertas, en especial el trágico desenlace, que puede explicar las situaciones que, en ocasiones se producen y conducen a irreparables pérdidas.

Ese relato se titula “Flores cortadas” y puedes leerlo pinchando aquí.

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